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domingo, 16 de enero de 2011

Me han prohibido desmitificar la fe.


Me han prohibido desmitificar la fe, me arrancaron de los brazos el significado de ella, construyeron grandes edificios en los cuales la escondieron o la encarcelaron, los llamaron Catedrales, luego le inventaron un juego de lenguaje, crearon códigos cifrados, lógicas metafísicas, las denominaron religión y el pobre Dios ajeno a toda falacia fue inmiscuido en ella, de pronto, dejo de hablar y guardo silencio desde el momento en que su hijo clamándole misericordia en la cruz le grito:
“Padre ¿Por qué me has abandonado?”



Samuel Salazar Blandón.

domingo, 2 de enero de 2011

Memento.


Hace unos cuantos días atrás me encontré con alguien que desde el año 1991 no veía, y por ende, se había esfumado de mis recuerdos, esto me sucede a menudo con cualquier ser humano que no ha sido significativo en mi vida, sin embargo, aún guardo en la memoria personas que para bien o para mal dejaron algún vestigio de ellas en mí. En otras palabras, tengo una memoria selectiva que muy a su capricho es conveniente con respecto a quien recordar y a quien no, dijo alguna vez Mejía Vallejo en no sé qué libro puesto que lo leí a la entrada del cementerio San Pedro hace un par de años “uno se muere cuando lo olvidan” y para mí muchos han muerto, puesto que no hacen parte de mis recuerdos.
En fin, el caso es que me la tope por puro accidente, pues estando en un supermercado –almacenes los llaman los de alta alcurnia, para mi seguirá siendo un supermercado grande- de una cadena muy prestigiosa del país, un niño que arrastraba un carrito de mercado choco de frente al mío, yo que siempre he sido un obsesionado con el respeto al espacio del otro y del propio –“espacio vital” lo llamábamos de manera irónico-jocosa el que era mi mejor amigo y yo cuando nos mofábamos del uno al otro y estas mofas estaban en relación al respeto por el espacio del otro- fui sacado de casillas por este mocoso, entonces mi reacción fue golpear mas fuerte el carro del imprudente enano, en mi rostro se dibujo una sonrisa perversa de esas que despiertan en mi cierta ternura y cierto amor propio. El enano me volvió a golpear con su “Caballito de hierro”, yo con mi maldad a flor de piel -¿Por qué lo llamarán maldad si para mí los actos que realizo cuando deseo atemorizar a otros me causa es felicidad, plenitud? No veo nada de inurbano en el termino maldad- le lance una mirada de esas que pueden intimidar al más “santo” de los Santos, al mas uribista de los uribistas, es decir, cualquier paramilitar del partido de la U o cualquier jefe guerrillero izquierdista-capitalista que se lucra monetariamente con el pretexto rebuscado y octogenario que su lucha es con el buen ánimo de “luchar por el pueblo”; de un momento a otro el chiquillo cambio su rostro de felicidad por uno quejumbroso, entonces al sentir cerca el final de la faena me dispuse a darle mi estocada final, a saber, golpear el carro de esa pequeña bazofia de tal manera que su frágil cuerpecillo al golpearse con el carrito fuese a dar al suelo, pero en ese instante apareció su madre la cual le llamó la atención.
-¡Jerónimo! ¿Qué estás haciendo? –el tipejito este dejó aflorar su rostro de santidad ante su mamá. Su boca fue abriéndose hasta hacer una mueca que daba del hipócrita llanto que se avecinaba.
-¡Mamá! Ese señor me golpeo con su carro –su rostro ya bañado en lagrimas despertó en su madre el instinto de cuidarlo a su desvalido hijo pues lo abrazó al instante y mirándome de forma inquisidora fue haciéndome el reclamo.
-Señora, le respondí en tono tranquilo. Su hijo me ha golpeado variada vez con su carrito de mercado, lo único que hice fue invitarlo a la cordura con la mirada, pero no, él siguió golpeándome con su cochecito y se jactaba de su acto vil y desagradable, por favor, controle a su hijo.
-Mentiras mamá, él me golpeo también –y el mequetrefe este se aventura a señalarme, yo lo único que hice fue ignorar sus comentarios.
-Señora, su hijo es un grosero, perdone que se lo diga -y di rienda suelta en hablar de la manera de educar a los niños, esa teoría sin sentido que le enseñan en la universidad a los que aspirábamos a ser los pedagogos de esta sociedad cegada y cagada por los medios de comunicación que les atrofia el cerebro y les tergiversa la información. La señora en un principio se encontraba disgustada, luego al escucharme fue cediendo frente a mis argumentos, al menos la mierda que me enseñaron en la universidad sirvió también en este caso para conquistar y convencer a una mujer con un hijo malcriado.
La madre del liliputiense lo increpó argumentándole que ya le había dicho dos veces más en otros lugares del almacén –supermercado- y que le había recordado también lo del comportamiento con los demás seres que llevan también carritos en ese microcosmos.
Fui el triunfador de la batalla a muerte contra este sujetico y, aunque era mil veces más inteligente y alto que el pequeño Hobbit me sentí como David al vencer a Goliat, como Leónidas enfrentando a Jerjes I.
Sin embargo, no es la historia que les quería relatar, la verdad era otra que les voy a contar a continuación. Al darles la espalda a la mujer y su pequeño monstruo sacado del cuento de Sendak, ella me llamo.
-Señor.
Sonreí para mí y voltee con ese aire de triunfador que algunas veces tienen perdedores como yo. La miré a los ojos de manera provocativa y respondí con el que creo es mi tono seductor, el cual siempre lo acompaño con estas palabras: “si nena ¿Qué quieres?”
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-La acabas de hacer.
-¿Cómo así?
-Digo, que si puedes hacerme la pregunta, adelante.
-¿Tu nombre es Andrés?
-¿Quién pregunta?
-Sandra, ¿me reconoces?
-No sé quién eres Sandra –le digo y giro para irme, pero ella de nuevo tomó la palabra.
-Soy la hermana de pelusa ¿lo recuerdas?
Claro, como olvidar a “Pelusa”, gran jugador de futbol amateur, no le vino en gana ser profesional y prefirió otras cosas. Sabía mover ese balón con clase, tenía un estilo único y le pegaba de una manera que era un sueño casi real imaginárselo jugando en la Bombonera o en el Estadio de Núñez y, ¿Por qué no? Quizás en el camp Nou. Pero “Pelusa” sólo quería dinero y no era precisamente a través del futbol, él quería dinero rápido, sin esfuerzo alguno, por ello decidió ser un matón, un ladrón de cuarta, alguien que ya no habitará en la memoria ni en la vida de quienes lo olvidamos.
-¿Pelusa? –le pregunte de forma despreocupada, aunque ya sabía cuál era el tipo del que ella me hablaba.
-Sí, tú vivías en Aranjuez, allá por el “Morro plancho”, eras muy joven, yo tenía 15 años cuando eso y tú 13 sino estoy mal. Te mantenías con Pelusa ¿lo recuerdas?
“Obvio Sandrita que te recuerdo, pensé, vos subías a la plancha de tu casa todos los días a colgar la ropa recién lavada o a broncearte, no había día que no subieras, siempre o en pantalonetas cortitas que dejaban ver esas piernas finas y bronceadas, que forraban ese culote que tenias o subías con faldas tan cortas que dejaban ver la multicoloridad de bragas que tenias: blancas, negras, azules, rojas, verdes… las que más me gustaban eran las negras y blancas que tenían encajes y se adecuaban muy bien a tu voluptuosa vagina. Todos los días de mi pubertad fuiste el motivo de mis actos onanistas mientras estabas en la plancha. Recuerdo muy bien que en mi habitación había una pequeña ventana por donde podía verte subir las escalas y observar lo que hacías en la plancha, cómo el viento mecía tus falditas y me dejaba vislumbrar el paraíso que se escondía en medio de tus carnosas piernas. Muy al estilo Bukowski eran estos encuentros lascivos contigo Sandrita, pero ya no eres la misma de antes el tiempo ha pasado sobre tu piel”.
-A tu hermano ya lo recordé –le dije- pero a ti no logro ubicarte.
-Yo salía con tu hermano Roberto, una vez… -su rostro se encendió de un rojo el cual me hizo notar su vergüenza.
-¡Ah sí! Esa vez.
“La recuerdo perfectamente Sandrita, la vez que me encontraba en la habitación de mi hermano buscando monedas para robarlas y ustedes dos irrumpieron en la casa creyendo que estaban solos, rápidamente se dirigieron a la habitación de él, me tocó esconderme en el closet y ser testigo de cómo se lo succionabas a mi hermano y luego cuando él ya la tenía dura por culpa de tus labios y lengua te cabalgo tres veces, dos de ellas de manera consecutiva, la tercera fue más prolongada y placentera para vos pues eso logre leer en tus gemidos y en tu forma de agarrarle con fuerza su piel como tratando de rasgársela. Esa fue una de las horas más deleitables en mi vida ya que me maquine por ti no sé cuantas veces, hasta que, cuando iban para el cuarto mi madre irrumpió de la nada y los sermoneo mientras los hacía vestir al instante, ¡Oh, que tetas las que tenías! ¿Aun siguen firmes cuan murallas que protegen tan sagrados templo que era tu cuerpo? No, no lo creo, ya al tener un hijo me imagino se cayeron, ya este tiempo ha sido inclemente contigo”, pensaba al tiempo que la miraba con cierta frialdad.
-¡Qué vergüenza! Eso no debió verlo tu mamá.
-A nadie le gustaría ver a un familiar muy cercano haciéndolo, es decir, a un hermano, al padre o la madre.
-¿Podemos cambiar de tema? –Hizo una larga pausa, de esas que se vuelven eternas entre dos personas que han agotado los temas de conversación-, entonces, ¿Ya me recuerdas?
-Sí, ya te recuerdo –me quede también en silencio, que incómodos son los mutismos cuando lo único que se pretende es callar, no decir más, si la gente pudiese comprender esos silencios haría gala de su bondad y abandonaría en el acto las conversaciones vacuas e insignificantes.
-¿Y te casaste?
-No.
-¿Por?
-No me interesa.
-¿En serio? ¿No piensas tener hijos, formar una familia?
-Me tiene sin cuidado, además con mis sobrinos me basta y me sobra, fuera de eso mi familia son los libros.
-¿Tu hermano tiene hijos?
-Sí, dos.
-Siempre fuiste un rebelde y aun lo sigues siendo.
-Siempre quise ser diferente y no lo he logrado. Hasta tú lo notas y lo llamas rebeldía.
Un bendito y nuevo silencio cayó entre los dos, ya me estaba exasperando la conversación fue así que decidí largarme pero ella insistió de nuevo.
-¿Sabias que mataron a Pelusa?
-Sí, algo oí hace mucho tiempo.
-Sí, se enredo con unas gentes que no debía y lo hicieron matar.
En ese preciso instante un ataque de risa me fue invadiendo, al principio fue una leve sonrisa, luego una risa hasta que subió gradualmente y se convirtió en carcajadas, Sandra me observaba con un rostro estupefacto y asombro a la vez, ¿pero yo que podía hacer? Como se le ocurría decir que fueron ellos los que hicieron matar a su hermanito, el tipo era un matón, un ladrón de pacotilla y le dieron su merecido porque como dice la canción de Rubén Blades “Quien a hierro mata, a hierro muere”, sin embargo, ¿Cómo decirle que me reía de su comentario tan frágil, tan repleto de subjetivaciones, que su hermano no era ningún ángel que por el contrario lo mataron por ser un cabrón? Que si fuera por mí hacía que de todos los seres humanos que lo conocimos borrasen de su cabeza a un sujeto como su hermano, que lo dejaran morir, que lo único que vino al mundo fue a estorbar, que por eso se le extermino como rata.
-¡Disculpa mi risa! Lo que sucede es que recordé una situación con Pelusa de cuando éramos pequeños, algo sin importancia.
-¿Me la puedes decir?
-No, sería avergonzarme ahora y ya basta de vergüenzas.
-Esta bien, oye, me gusto conversar contigo, deberías darme tu número para que lo hagamos de nuevo.
-Bueno –saque un papel y le anote el número de mi casa y del celular, la verdad sea dicha, sólo quería saber si aun tenía las piernas bronceadas y si sus tetas eran firmes como marfiles.
-¿Recuerdas a Luz Dary? –me pregunto con cierta venganza en sus palabras.
-¿Luz Dary? –pregunte arqueando mis cejas.
-Sí, la que le decían “el ganado” –en ese momento se rio de manera tan grotesca que me causo nauseas verle su boca abierta-, pues era la vieja mas “linda” –Hizo comillas con los dedos en el aire- según ustedes, tú querías ser su novio, de esa mujer que te gustaba tanto no queda nada, se engordo –y largo nuevamente a reír.
-No, no la recuerdo.
-Haz el esfuerzo.
Dios mío ¿Qué era esto, un recorderis de un pasado que no me interesaba, que para mí había muerto como aquellas personas que pasaron por él? Yo en ese tiempo era un idiota, ahora lo soy más pero al menos soy productivo y tengo dinero, en esa época las mujeres no me prestaban atención, hoy día tampoco, pero al menos tengo con que pagar algunos minutos de placer sin tener la necesidad de fusionar los sentimientos con sexo.
-No, no la recuerdo y la verdad no me interesa recordar a gente que han pasado de largo por mi vida, lo siento, no lo tomes a mal, pero de mi pasado sólo me interesan… nadie, absolutamente nadie y menos mujeres que su única misión en esas épocas eran ser bonitas, por eso casi ni te recuerdo, ni me pondré a recordar a otra persona que no tiene interés alguno para mí.
Me despedí y seguí mi camino rumbo a las cajas registradoras.


Samuel Salazar Blandón.