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sábado, 9 de julio de 2011

Mini cuentos.


Imaginación.
Se la imagina completamente desnuda, a sus senos jugando a ser libres, su sexo acompasado por el deseo de unos dedos que lo tocan, una cadera amplia, estéticamente parecida al perfecto melocotón, unas piernas tan firmes como bastiones de puentes, edificios o castillos y el abdomen finamente delineado cual violín o guitarra. Él se la imagina, y eso le posibilita onanizarse   un par de veces por ella antes de irse a la cama.


El observado.
Después de pasar todo el día leyendo decidió  salir y  tomarse una cerveza, solo una, buscó su chaqueta negra y su bufanda, hacia un frio estremecedor. Se encaminó  al bar de “Clásicos” que existía en el barrio, luego de entrar y sentarse “Una Club Colombia” pidió. Se la tomó tan resuelto  que en el acto solicitó la segunda de la noche –se había ido en contra de sus deseos que siempre terminaban en eso, en deseos-. De pronto entró una mujer de pequeño lunar encima del lado izquierdo del labio superior y se sentó contiguo a él en la barra, pidió una cerveza no sin antes saludar al DJ  y a una de las dos meseras. Luego pareció depositar su mirada en la calle, él creyendo que lo observaba  se hacia el desentendido; pasaron no más de diez minutos y ella dejando apenas empezada su cerveza se levantó de allí y se fue. Él se dio cuenta que no era el observado, pagó sus dos cervezas y  se dirigió a su casa para seguir leyendo.



La observadora.
Todo el día se la pasó atendiendo mesas  y satisfaciendo las necesidades alimentarias de cierto tipo de población que iba  al café  donde ella trabajaba al sur de la ciudad. Así que rumbo a su casa hizo un pare en el bar de “clásicos”, entró y se sentó junto a él en la barra, saludó al DJ y a una de las dos meseras del bar, pidió una cerveza, se tomó un sorbo y puso su mirada en él, aunque de verdad parecía como si sus ojos  se perdieran en el monótono trascurrir de la vida en la calle. Sin embargo, no podía evitar mirarlo, siempre él  le pareció interesante cuando se lo encontraba en cualquier lugar. Esa forma de ignorar al mundo y concentrarse en sí mismo y en sus cosas.  Después de diez minutos de estar allí y presa de la impotencia que le producía no poder hablarle por la barrera que ella le parecía había entre los dos cuando se encontraban por esas cosas de la existencia, decidió irse. Pagó la cerveza que apenas bebió, la dejó allí y se fue rumbo a su casa mientras se mordía los labios y empuñaba sus manos en los bolsillos de la chaqueta.


Las cosas de la vida.
Tuvo todo el día para hacerlo, solo que cuando se envalentonó se dio cuenta que era demasiado febril para suicidarse. Decidió morir de manera natural. Más tarde un terremoto de 7.5% en la escala de Richter le lanzó toda la casa encima, fue uno de los primeros cuerpos que se sacaron  entre los escombros. Y es que la vida nunca se queda con nada. 


Deliriuns tremens.
Se vistió presuroso “¿Dónde estoy?”, miró a la cama y había una mujer allí “¿Quién carajos era esa tipa que estaba acostada a su lado?”. Buscó  sus papeles, luego busco su dinero “¿Y, mi dinero?”, luego pensaría en ello pues algo había en sus bolsillos. Abrió sigilosamente la puerta de la calle y salió “¿Qué barrio es este?” tres y cuarenta de la madrugada, miró a todos lados “¿Y, mi carro?” Nunca antes había perdido la noción del espacio y el tiempo por culpa del licor. Caminó una cuadra y alcanzo a ver a unos hombres en cuerpos de mujeres –eso le pareció- que lo miraban  inquisitivamente, entonces apareció de la nada un taxi el que se detuvo en el momento que él le puso la mano, se montó rápidamente “Al Poblado por favor” le dijo, el conductor arrancó  hacia el sur de la ciudad; las mujeres que si eran hombres en cuerpos ajenos le soltaron besos y despedidas  afectuosas “Adiós papito” logró escuchar. “Acelere por favor” le dijo un poco inquieto al conductor quien se sonrió con cierta malicia. Mientras el taxi se perdía en las ultimas calles de Lovaina, los travestis comentaban entre ellos sobre las buenas obras que había hecho aquel hombre que se perdía en las horas previas a la mañana: los cincuenta mil pesos que le dio a cada uno, la rifa de su carro y que al final se lo ganó Sofía –Andrés Jaramillo- que, como muestra  de agradecimiento se lo llevó para su casa y allí debieron hacer el amor. “¡Qué hombre!” fue lo último que dijeron de él.


El arrepentido.
Buscó entre la basura desesperadamente mientras   decía “no lo vuelvo hacer, juro que no lo vuelvo hacer”. La encontró llena de desperdicios de comida, encima de ella estaba también el papel higiénico usado. Contra la manga de su camisa la limpió, luego con lágrimas en los ojos la fue besando. “Mi linda Viviana, no volvamos a pelear” le sugirió en tono suplicante a la foto que unos instantes  antes él había decretado debía ser tirada a la caneca del olvido.


El apresurado.
A tumbos subió las escalas –casi no logra alcanzar el último peldaño-, se quitó el bolso de encima, se sacó la camisa, los zapatos y los pantalones, abrió la puerta del baño, se sentó en el inodoro y ciscó tan desesperadamente que recordó como el día anterior se había comido con tanto gusto esos frijoles, los cuales él era consciente le habrían de hacer daño.


La esposa.
La arropó  la madrugada en medio de sollozos y desesperos, en medio de fríos y soledades. Ella recostada en la cama, la luz tenue le dibujaba desfigurada su cabeza en la pared, recordó la última vez que  fue feliz con su esposo –diez años atrás-, ocultó su rostro tras sus manos, un grito sofocado se le atoró en la garganta, de pronto escuchó el motor del auto, así que apagó la lámpara y se cobijó de tal manera que parecía dormida, se volteó para su eterno lado matrimonial de la cama y lo sintió abrir sutilmente la puerta de la calle, luego subir las escaleras, caminar por el pasillo, abrir la puerta de la habitación, quitarse cuidadosamente las ropas y meterse en la cama, se volteó a su lado y pensó en su amante –Carlos- “¡Buenas noches, mi amor!” Se dijo entre dientes. Su esposa se mordió los labios y apretó los ojos para no llorar mas pues el olor a semen, a otra piel, a sexo, lo delató.


La decisión (o la nota).
Con un disparo tuvo, el cuerpo se desangró al momento; no tuvo necesidad de pensarlo tanto, después de un vaso de Whisky y escribir dos  remedos de poemas y una nota de despido –la policía la denominó como suicida, pero, ¿Quién es más suicida, aquel que se quita la vida para librarse o aquel que se queda viviendo por miedo a la libertad?-, puso el revólver en su boca y haló del gatillo, el sonido del disparo retumbó por todo el pasillo de la casa, cuando Alejandra lo encontró después de cinco horas el cuerpo de él estaba completamente frio. Con lagrimas en los ojos ella se acercó al escritorio de Roberto, allí tropezó con la nota que decía: “Lo hice por amor a la literatura”.