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martes, 30 de agosto de 2011

El bosque.


Es un viaje tan largo, caminamos en procesión por las praderas y los bosques –no el bosque-. Agilizamos el alma, ya el equipaje es liviano, ya los nombres fueron borrados de los recuerdos.

Vos te vas haciendo un espejismo, casi una ilusión óptica y no importa, el viaje se logra solo en la medida que nuestro caminar sea firme  y no desfallezca con el golpeteo de los pies en el suelo.

A lo lejos, imponente, se encuentra El bosque iluminado por el crepúsculo, el camino llegará a su fin con la  llegada de la noche, no importa que las bestias terrestres o venidas del mar nos ataquen, no importa que nos laceren con sus garras  o que las espadas filosas de caballeros de antaño corten nuestras carnes porque hemos caminado toda una mañana, una tarde, el frio nos ha arropado, el sol nos golpeo los brazos, las espaldas, ya nada de eso importa, hemos alcanzado la plenitud, El bosque: la entrada al lugar que nos esperaba desde la primer vez que abrimos los ojos y observamos el mundo.

lunes, 22 de agosto de 2011

Efigie Griega


Se yergue el falo cuan portentoso héroe griego, vos Helena, Aquea enamorada del bienhechor Paris, haces que el falo se instale inconmovible  en medio de mis enérgicas piernas, a la espera digna de tu jugosísima vagina; yo deseando juguetear con mis dedos dentro de tu virgo, anhelando mojar con mi lengua tus labios eternos, seductores de serpientes, jadeante de ganas por vos, por tu cuerpo, por tu piel.


Entonces mis ansias se desnudan apoltronadas ante ti, tu boca  sedienta, ya te has entretenido lo suficiente con mi sexo en tus commissures, en tus manos     –también- que lo han agitado de tal manera que el cielo se abrió y fue testigo resentido del acontecimiento místico, de mi sexo dentro de tu sancta sanctorum y de mi alma arrojada en cada parte de tu ser.


Me duermo aferrado a tu cuerpo, efigie griega, sueño con nubes de lenguas que te recorren y te convierten en un monumento de la pasión, yo gozo de tal imagen sentado al lado del buen padre Zeus, y me maquino por vos, mi semilla queriendo regar tus campos ¡Oh, Afrodita! Deseando derramarme en tu espalda, convirtiendo todo en una fiesta dionisiaca, en honor de tu existencia y la mía.