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martes, 30 de agosto de 2011

El bosque.


Es un viaje tan largo, caminamos en procesión por las praderas y los bosques –no el bosque-. Agilizamos el alma, ya el equipaje es liviano, ya los nombres fueron borrados de los recuerdos.

Vos te vas haciendo un espejismo, casi una ilusión óptica y no importa, el viaje se logra solo en la medida que nuestro caminar sea firme  y no desfallezca con el golpeteo de los pies en el suelo.

A lo lejos, imponente, se encuentra El bosque iluminado por el crepúsculo, el camino llegará a su fin con la  llegada de la noche, no importa que las bestias terrestres o venidas del mar nos ataquen, no importa que nos laceren con sus garras  o que las espadas filosas de caballeros de antaño corten nuestras carnes porque hemos caminado toda una mañana, una tarde, el frio nos ha arropado, el sol nos golpeo los brazos, las espaldas, ya nada de eso importa, hemos alcanzado la plenitud, El bosque: la entrada al lugar que nos esperaba desde la primer vez que abrimos los ojos y observamos el mundo.

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