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domingo, 18 de septiembre de 2011

El grupo.


Tan tristes eran las reuniones que todos procuraban no hacer comentario alguno y así evitar ser señalados, vituperados y al final expulsados del clan que se había convertido –hasta ese momento- en un gueto masón.
Los miembros no sentían la tranquilidad ofrecida tanto tiempo por el antiguo coordinador, pues cuando estaban frente al nuevo experimentaban ante  su imponente figura una pequeñez,  su presencia altiva, arrogante y voluntariosa los hacía concebirse de menos, frente a un gigante de alturas cósmicas venido de otro sistema solar. Sin embargo, evitaban manifestar sus miedos inducidos ante él nuevo “dictador” del grupo, pues en eso se les convirtió a todos por sus actos. Lo primero que les molestó fue la decisión de cambiarle el nombre, pues pasó de llamarse “Club de  caballeros andantes” a “Club de caballeros cabalgantes”, algunos refutaron la propuesta argumentando que  al cambiarle  el nombre, la visión y la misión sería otra a la que por tradición siempre habían concebido al grupo. El nuevo coordinador mandó a callar las voces opositoras y determinó de manera contundente que “las cosas han cambiado y por ende el grupo necesita urgentemente renovación, hoy comienza una nueva era, un nuevo grupo, quien no esté de acuerdo que devuelva el anillo y salga de una vez para siempre del recinto, borraremos su nombre del libro y olvidaremos que existió”, todos agacharon sus cabezas y con silencios permitieron el cambio.
Luego llegaron otros, como por ejemplo: la sustitución de los símbolos clásicos por unos más  modernos,  la derogación del himno –una marcha wagneriana- por otro un mas fuerte –como si fuera una sonata moderna de Ravel-, pero lo que no pudieron soportar fue la idea de marchar por las calles de la ciudad y cantar a viva voz las odas griegas que cantaban al finalizar con jolgorio y acompañadas de vino Cavernet sauvignon sus reuniones secretas. Fue así que conspiraron contra él, lo esperaron una noche después de salir de su lupanar predilecto, y entre siete hombres que se le abalanzaron cuando cruzó el umbral de aquel lugar que daba hacia la calle lo lanzaron al suelo y allí mismo lo apuñalaron 134 veces, cada herida representaba a los miembros del grupo. El coordinador murió en el acto. Ellos se sentían plenos, habían logrado su libertad.
Pero empezaron a padecer inseguridades mas fuertes a las que tenían frente al coordinador, un desasosiego  se apoderaba de ellos constantemente, la desesperanza los hacía llorar y el recuerdo del coordinador muerto por sus manos o por una herida que los representaba les conducía a rasgar sus vestiduras, observaban los cambios hechos por él en el grupo y se dieron cuenta que los había favorecido: las gentes los respetaban, los signos los identificaban bien, ya no tenían que esconderse, ya se habían ganado un puesto más honorifico dentro de  la sociedad, entonces sus lagrimas fueron tan amargas que no podían contenerlas, habían asesinado a su mesías esperado y para justificar la  ausencia  de este lo llamaron Dios y salieron por el mundo a predicar la buena nueva.