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martes, 4 de septiembre de 2012

Delirio.



Yo Presenté a Diego y a Johana en una Feria de Flores, y los dos, en el acto, se gustaron. Comenzaron a salir, obvio, al escondido de sus parejas. Una noche, después de dos meses de romance sexual, seguían juntos y, para celebrar,  me invitaron a tomarme unos tragos con ellos, acepté. Tres botellas de Tequila precedieron la que estaba sobre la mesa. Éramos buenos, de verdad sabíamos beber. Los tres nos encontrábamos felices, reíamos, disfrutábamos de nuestro secreto y esa noche en especial las risas estaban flotando en el aire por culpa de los comentarios que hacíamos, de pronto Diego dejó de sonreír y mirando, fijamente, algo que parecía moverse pues sus ojos lo seguían, empezó a temblar, Johana y yo volteamos a mirar que era aquello que le robaba la sonrisa a nuestro amigo y no vimos nada, solo él podía verlo.
Palideció y su rostro se transformó en una mueca de miedo y terror, sus ojos se perdieron en aquello que solo él veía; Johana  reía a carcajadas porque ya se había acostumbrado a los ataques actorales de mi amigo, su amante. Yo, por el contrario, estaba asustado.
Diego hizo un movimiento de cabeza como si escuchase un secreto, frunció el seño, luego gritó: “¡No puede ser, amor, no lo hagas por favor!” y se largó a llorar, luego nos lanzó esa mirada que me hizo mi padre el día que murió, una mirada donde la muerte se esconde. Puso, otra vez, los ojos en ese lugar, vacio para Johana y para mí,  con un grito y voz gutural suplicó: “¡Viviana, no te vayas, espérame!”. Estirando la mano, tratando de coger algo y lanzándose sobre eso cayó al piso tumbando la silla en la que se encontraba sentado, se levantó y corrió hacia la salida de aquel lugar, bajó las escalas, yo lo seguía con la mirada desde aquella terraza, cuando logró la calle tropezó y se fue de bruces contra el suelo, rompiéndose la frente, se puso de pie y pasó la mano por su rostro ensangrentado, la vio llena de sangre y no le importó su herida, la angustia que lo poseía lo llevó a olvidar su ser, luego miró a su alrededor  y de nuevo gritó: “¡No!” –Fuertísimo- “¿por qué lo hiciste, mi amor?” y llevado por espíritus del mas allá corrió calle abajo por el Parque Lleras.
Johana, divertida, me dijo entre risas que las locuras de él la excitaban a tal punto que deseaba muchas veces que enloqueciese y  la estrangulase mientras le hacía el amor: “Ya volverá”, me dijo ella, yo no pude olvidarme de la escena en toda la noche. Pasaron dos horas y Diego no regresó. Llevé a Johana a su apartamento, pasé por la unidad donde vivía mi amigo y le pregunté al portero si lo había visto llegar, él, dormitando, lo negó con la cabeza.  Al llegar a mi casa no pude dormir.
Al día siguiente llamé a su casa pero no respondieron el teléfono, tampoco respondió las llamadas que realicé a su número móvil. En la tarde fui a la unidad y el portero –otro- me dijo que en horas de la mañana la familia de Diego salió apurada con maletas.
A Johana, Diego nunca más la buscó, ella ni se preocupó por eso, pues acostumbraba a tener amantes constantes que iban y venían por su vida. También Viviana y toda la familia desapareció, no dejaron rastro. Un mes después de aquel extraño suceso el apartamento donde vivía mi amigo fue puesto en venta.

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