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martes, 15 de enero de 2013

Otros cuentos.


Pastel de chocolate.


En la madrugada del 22 de diciembre fue encontrado muerto, con catorce puñaladas, un hombre cuyo nombre es desconocido, su cuerpo apareció en los bajos del puente de San Juan, cerca de la Plaza de Toros, según supimos, alguien, por robarle un pastel de chocolate, que una buena samaritana decembrina le regaló, lo hizo; esto sucedió mientras las indiferentes gentes se dejaban sugestionar por la profecía Maya que aconteció el día anterior.







Objeción, su señoría.


Madeleine amaba a mi hermano, eso es cierto, yo, desde que me casé con ella lo supe, su señoría, así que permitía que tuviesen sus encuentros amorosos y sexuales donde gustasen. Siempre fui un esposo ejemplar y por ende, insigne para los demás matrimonios, y no es que este procurando  sacarme en limpio del crimen doble y pasional del cual soy el artífice intelectual y material, pero hay dos cosas de las que no se me puede acusar: la primera, que haya deshonrado mis deberes maritales y la segunda, que no deja de ser igual de importante que la primera, por su simpleza y veracidad, y es que tampoco le falté, en el desempeño sexual, a la esposa de mi hermano. Por eso, objeto, porque a mí no se me puede juzgar con dichas afirmaciones, señor juez.





El secreto.


Carolina María se había acostado con la gran mayoría de amigos de Rodrigo, su esposo, la sociedad sabía quién era ella, y por ende, lo que buscaba. Su esposo, le perdonaba cada una de las infidelidades, no era un cornudo, como solían llamarlo en los costureros donde se convertía en la comidilla entre  té y galletitas, él era consciente de las situaciones y circunstancias que rodeaban su vida  en pareja; al fin y al cabo, si se hiciese un recuento de infidelidades, Rodrigo sería el más cuestionado, podría llegar a ser más señalado que la propia Carolina, pues su fama, en los círculos de LGTB, aún no llegaba al círculo social del sur de la ciudad en el que  él vivía.







Diatriba de un hombre desahuciado.


Juan Carlos se aprovechaba de su enfermedad, y con ello, lograba llevar a la cama  por lo menos seis mujeres en la semana. Era todo un estratega,  lograba, creando lastima, que las mujeres se apiadasen de él convirtiéndolo en presa fácil de comprensión, por ello, le abrían las piernas, para que él  pudiese experimentar los últimos placeres que la vida le podía ofrecer en sus 34 cortos años de vida. A muchas el sacrificio se les convirtió en placer, Juan Carlos las hizo gozar y por ende, tener sendos orgasmos, lo cual significó, en ellas, las ganas de seguir estando con él; en otras, lo que produjo fue terror  puesto que sentían tanto placer que lo único que quedaba, como salida, era huir despavoridamente, era un verdadero amante, todo un semental, moribundo, pero semental. Las pocas que no tuvieron la dicha del orgasmo con él siguieron buscándolo por la lástima, la cual no les permitía olvidarse de aquel pobre hombre desahuciado, eran tan osadas que pensaban que fingiendo el momento del clímax él se sentiría mucho mejor, la verdad eso a él no le importaba.
Una noche de tragos, cierta mujer, que no era de sus afectos y gustos, le habló durante una hora en la barra de bar, ella le contó su desgracia: una enfermedad terminal acabaría en pocos días con su vida, dos para ser más exactos, estaba gozando de la vida, a plenitud, por ello, deseaba experimentar los placeres que le brindase otro cuerpo, el sexo, quería morir feliz, recordando esa sensación.
Juan Carlos tuvo compasión de ella y se la llevó a la cama haciéndole el amor toda la noche, sin perder un solo minuto; en la mañana se despidieron en la puerta del apartamento de ella, muy agradecida, con una sonrisa sincera, lo llenó de halagos y le coqueteó un par de veces. Él, observó que el acto realizado fue algo desinteresado, altruista, que tenía como fin el desprendimiento, un estado de servicialidad invadió a Juan Carlos quien se sintió más humano que nunca.
Ella, después de despedirlo en la puerta de su apartamento, cerró, se dirigió a su cama, se acostó, luego, volteándose, tomó  una agenda de la gaveta del tocador, la abrió, sacó el esfero y escribió:


“1679: Juan Carlos Salazar Giraldo. Todo un semental. Cree que la existencia se mueve por actos de fe”.