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sábado, 16 de febrero de 2013

No sé nadar.



-No sé nadar -dice Stefano D´ Mateo, argentino, radicado en la ciudad de Medellín, está solo en el mundo, sus padres murieron siendo ya ancianos,  fue  único hijo, la esperanza de ellos, nunca los defraudo; su esposa y su hijo murieron en un accidente automovilístico que se convirtió en noticia nacional e internacional-. Mis padres nunca me permitieron entrar a una piscina o al mar porque creían que de pronto podía adquirir alguna enfermedad, siempre me sembraron pavura por las aguas profundas, pozos o charcos. Además, un tío de mamá murió cuando se lanzó del barco al océano, ¿sabe usted? era considerado un gran militar: capitán de la fragata Manuel Belgrano, de las fuerzas armadas argentinas. Estaba combatiendo contra los ingleses  por la soberanía sobre las Malvinas cuando murió, los subalternos lo vieron saltar por la proa del barco; se perdió entre las aguas, nunca encontraron su cuerpo -parado en la proa mira el horizonte como tratando de recordar algo que se le diluye en los años pasados.
-Tranquilo, señor D´ Mateo, está a salvo con nosotros, lo cuidaremos –le responde el camarero, encargado de suplir las necesidades, adentro del crucero, del escritor más reconocido de novelas policías en los últimos tiempos.
-No sé nadar –repite D´ Mateo, en un tono de voz neutro.
El camarero levanta la mano izquierda para darle unas palmadas de tranquilidad y afecto en la espalda, pero recuerda la prohibición de tener contacto físico con los turistas, así que baja la mano y decide decirle.
-Todo está bien.
-¿Sabe usted, amigo?  El mar me causa terror, prefiero los bosques, la tierra con clima frio, rodeado de árboles que solo con mirarlos causan la sensación de ser vírgenes, inexplorados, no sé si me entienda, joven, pero le digo esto por el lugar de su nacimiento donde los ojos alcanzan a ver agua  por todos lados. Por favor, no me malinterprete, pero San Juan, de Puerto Rico, eso es lo que me ofrece –argumenta el escritor  con entusiasmo-, en cambio los bosques me dan la tranquilidad, la paz que el mar me arrebata.
-Sí, señor, lo entiendo.
-Cuantas historias tejí entre árboles, allá, en mi amada Santa Helena; mi hogar no es Mendoza, mi hogar es Medellín, arriba, donde nací de nuevo y donde la incertidumbre, hoy día, me rodea. Necesitaba escapar y que mejor manera que enfrentando mis miedos infantiles –mira hacia las aguas-. Aquí me confundo con mis pensamientos después de mirar las aguas. Reflexiono sobre sus profundidades. Luego regreso a mi habitación y escribo por horas en mi vieja máquina de escribir.
-Sí, lo he escuchado en altas horas de la noche escribir, me doy por allí un paseo cuando no puedo dormir. ¿Es la única máquina que ha tenido usted en su vida? –pregunta el camarero queriendo saber un poco más sobre la creativa intimidad del escritor, él, que lo ha acompañado, todas las noches, adentro de su camarote, por los tres años que ha estado al servicio en el  “Monacrh”, con sus fantásticas historias detectivescas.
-Sí. Es una Olivetti.
-¿Nunca ha utilizado un computador?
-No.
-¿Puedo preguntar el por qué?
-Porque frente al teclado y una pantalla se pierde el motivo primero de escribir, me refiero a la posibilidad de sentirse escondido en una habitación de un barrio bohemio de los años veinte o treinta, o, en los suburbios de las grandes capitales culturales del mundo, así, vos solo frente a la maquinilla, imaginando, soñando, siendo  un testigo ocular, mientras narrás la historia tal y como pasa al frente tuyo.
-¿Entonces, lo hace para sentirse en otra época? –maravillado el camarero lanza la pregunta.
Stefano guarda silencio, no responde. Observa, otra vez, las aguas pero en esta ocasión se inclina sobre la baranda del mirador, su cuerpo parece sesgarse hacia el mar Caribe. El camarero no sabe qué hacer.
-Me gustaría saber que se podría sentir  si me dejase caer al mar y que las corrientes de agua me llevasen, o me hundiesen y así comprender los misterios de las profundidades.
-Señor D´ Mateo, baje de ahí, por favor –le pide el camarero en tono casi suplicante.
-¿Quiere saber una cosa, Ismael? –Toma la palabra el escritor sin hacerle caso al camarero- Yo soy el culpable de la muerte de mi esposa y mi hijo. Esa noche Isabel me confrontó y no tuve otra opción que admitirlo todo, recuerdo que me dijo: “no mereces la familia que tienes Stefano, no la mereces. Te quedarás sin ella”. Subió a tumbos las escalas hacia las habitaciones, al rato bajó con el niño arropado por una cobija pues ya dormía, salió con él cargado, lo montó en el automóvil, luego ella se subió y arrancó, observé todo por la ventana, no quise detenerla porque ella estaba enojada, supo una verdad que ya no se podía ocultar, pensé que lo mejor sería dejarla ir, buscarla unos días después y tratar de solucionar el asunto, pero no fue así. Ya habían pasado dos horas, la policía me llamó pidiéndome que bajara a la ciudad a reconocer los cuerpos de mi única familia. En medicina legal me pusieron al tanto de lo que sucedió.  Al parecer mi esposa se lanzó, bajando a Medellín,  por un barranco  en el auto y con el niño adentro. Yo lo creo por la amenaza que me hizo, esa es la razón de mi huida: quiero reunirme con ellos y, el miedo al mar, el no saber nadar, es, como ya le dije,  la excusa perfecta para ir al lado de mis amados.
Ismael, lleno de pánico, toma a D´ Mateo por espalda y cintura, lo hace descender de la baranda, lentamente, con paciencia,  donde hacia un momento el escritor se había subido, no le importa romper la norma de no contacto físico con los usuarios. Lo sienta. El escritor no está ahí en ese momento, su pensamiento ha escapado, agacha la cabeza y se tapa el rostro con la palma de ambas manos. Llora. El camarero le dice.
-Este tranquilo, usted no tuvo la culpa, fue decisión de su esposa. No está solo, yo estoy aquí.
El escritor sigue llorando.
-No se mueva, ya le traigo algo de beber.
Stefano no responde, llora.
Ismael camina a pasos agigantados, el pulso le tiembla, los pies le flaquean; se acerca a Sossa, un uruguayo que trabaja, también, como camarero, y le pide  que no descuide ni por un minuto al señor D´ Mateo. Sin preguntar el por qué de esa petición asiente con la cabeza, Ismael le da la explicación, Sossa se alerta. El puertorriqueño se acerca a la barra del bar más próximo y pide un vaso con agua y hielo. Se devuelve tan rápido como le permiten sus piernas hacia donde se encuentra D´ Mateo y a lo lejos observa a Sossa buscando, desesperado, algo que se le ha caído por la proa al mar, Ismael deja caer el charol y el vaso con agua se quiebra. Corre con todas sus fuerzas, llega al lado de Sossa quien está agitado,  respira fuerte, le dice, entrecortado, que hacia un momento estaba el señor D´ Mateo sentado en el lugar que lo dejó Ismael, él atendió un momento a la pareja de canadienses, no pasaron ni diez segundos, cuando miró de nuevo al lugar donde estaba el señor D´ Mateo y ya no lo vio.
Ismael, busca por la proa, pero tampoco logra verlo, no reacciona, no cree en lo que sucede, llama por el radio al capitán del  crucero quien llega tres minutos más tarde,  entre el uruguayo y él le cuentan todo y el capitán decide armar brigadas que hagan una inspección por el barco y que miren las aguas del océano, les pide discreción para no alertar a los demás viajeros.
No dejan de buscar en cada lugar del crucero: casinos, centros comerciales, bares, piscinas, discotecas, miradores, zonas de recreo, en la habitación del escritor, no lo encuentran. Pasadas cuatro horas lanzan dos botes al mar para que hagan la inspección de aguas, la expedición regresa entrada la noche sin rastro de Stefano.
La tripulación está consternada. Ismael siente un vacío.
A eso de las tres de la madrugada se escucha el piquetear de las teclas de una máquina de escribir en una hoja. Allá, en la habitación de Stefano D´ Mateo.