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martes, 20 de agosto de 2013

La vendedora de Shots.




Laura, vendedora de Shots,  odiaba su trabajo, pero ¿qué podía hacer si era la única fuente de ingresos que tenía luego de su desagradable pasado el cual no quería recordar? desde hacía dos meses, todos los fines de semana, paraba los trabajos de la universidad entre las  seis de la tarde y las tres de madrugada y esperaba que los furtivos clientes se acercaran al puesto y pidieran algún licor, ella, que era experta  en sonreír de manera fingida a las personas que consumían del puesto de shots y que era la herencia que le quedó de su antigua profesión, no dudaba en darles muestras de simpatía tanto a hombres como a mujeres, los primeros confundían los gestos de Laura con coquetería, entonces la piropeaban o le decían cosas un tanto salidas de tono que la molestaban, pero debía aguantar ya que  deseaba reconfigurar el rumbo de su vida.
Hay que decir algo más de ella, Laura era una mujer espectacular: cabello negro lacio y largo, cintura pequeña (62), senos redondos, perfectos (90), caderas de melocotón (90), piernas torneadas, bien formadas, color de piel único, canela natural, labios gruesos y provocativos, rojos, cejas tupidas como si fueran un bosque, muy bien hechas y delineadas, nunca se depilaba porque era uno de sus mayores atractivos, fuera de eso, no necesitaba hacerlo porque eran perfectas, el vello de las manos y de la espalda rubio, natural, como todo en ella, su abdomen marcado, consecuencia de horas de trabajo en el gimnasio.
Laura odiaba su trabajo, pero no quería volver a su antigua vida.
Lo último que recuerdo de ella es la tarde  cuando preparándose para salir a trabajar el celular, Blackberry, se le cayó al inodoro y se le quemó. Ese fue el postrero regalo que se dio con los centavos que le quedaron de su anterior vida.
Se sintió mal, casi morir, el plan de datos perdido por no tener celular en que gastarlo, los contactos con los que hablaba constantemente por el pin la extrañarían, creyó; toda la información perdida. Así que esa tarde-noche se encontraba deprimida y para colmo, sin dinero, sin cómo recuperar la información del Black.
Estaba cavilando cuando del Mazda 6 con placas FBY 983, de Medellín, le pitaron varias veces, ella no escuchó y el conductor hizo un giro prohibido ahí en la calle 92 con la carrera 49B, barrio Aranjuez, bajó lentamente y se cuadró al  lado de la acera donde estaba el puesto de Shots. El conductor se acercó a la puerta derecha del auto y le dijo.
-Lauris, mamacita, ¿cómo estás?
Ella levantó la mirada y vio a Sergio Montoya, conocido como “Chocolito”, le sonrió, Salió del puesto de los shots y se acercó a la ventana del auto.
-Hola, chocolito, ¿cómo te va?
-Bien, y a vos.
-Pues ahí, bien, no me puedo quejar.
-¿Y qué te pasó pues, mamacita que estás “pues ahí”? –le preguntó Sergio haciendo el signo de comillas con las manos, símbolo que aprendió viendo una serie norteamericana de finales de los ochentas, en la cual el personaje principal hacia referencias de comillas de esa manera constantemente.  Después del signo le bajó al sonido de la música, sonaba una salsa romántica que sus letras más o menos decían: “Regresa pronto, por favor, pronto, muy pronto, aquí te espero. 
Regresa pronto por favor, pronto porque sin ti mi alma se muere”
.
-No, nada, -le respondió Laura en tono melancólico- cosas de la vida.
-Hay, mamacita, todas las cosas de la vida tienen solución.
-¿Y cómo sabés eso? –preguntó ella un tanto inquieta.
-Mamacita, yo sé porque te lo digo. Cuénteme qué le pasó, que si algo usted sabe que le colaboro.
Laura no lo pensó y le relató la historia completa de como se le dañó el celular.
-¡Ah, eso no es problema, mi amor! Yo le tengo la solución.
A ella se le iluminó la cara de felicidad.
-¿En serio, cuál? –le preguntó.
-Sencillo, mi vida, vuelva a trabajar conmigo, yo le entrego a sus antiguos clientes, si quiere.
-¡No, choco, yo a esa vida no quiero volver! –respondió Laura decidida-. Gracias, pero no.
-Amor, este fin de semana hay mucho dinero de por medio, por lo menos libres te pueden quedar tres millones de pesos.
-¡Ay, chechito! Muy tentadora tu oferta, pero no, gracias, no puedo, se lo prometí a mi mamá.
-Vea, mamacita, es en Llano Grande, con los tipos del nuevo sindicato, los pelados esos.
Laura lo pensó un momento, luego le dijo a Chocolito.
-No, mejor no. Dejemos así, te dejo papi, debo regresar a trabajar.
El comprendió la posición de la vendedora de shots. Sin embargo, lo intentó por última vez.
-Hágale, linda, usted es la que se lo pierde.
-No es eso, es que quiero cambiar de vida, además se lo prometí a mi mamá.
-Es mucha plata, plata de verdad ¡Tres millones!
Laura se quedó callada, luego le sonrió a Sergio, en su rostro se notó el peso de la incertidumbre. Chocolito logró verlo.
-Bueno mami, si cambia de parecer me marca al celular, o no, mejor no, yo vengó más tarde para ver si se ánima y ha cambiado de opinión.
Ella movió la cabeza afirmativamente, en ese momento sin convicciones  de ningún tipo, él sacó el Mazda de la orilla, subió el volumen de la música: “Mientras te alejas más te siento y tu retrato me duele en las manos, mientras te pierdo más te pienso y tu silueta se pierde en el viento…”  y bajó por la calle 92 con rumbo desconocido.
Laura volvió a su puesto pensativa. Dos minutos después se dijo en voz alta.
-No quiero, se lo prometí a mamá, pero son tres millones de pesos ¡Carajo!
La noche de sábado llegó, la luna llena vigilaba la alocada tierra desde el cielo, el mundo intranquilo continuaba su marcha.