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domingo, 24 de noviembre de 2013

El sismo.

El terremoto fue de 9.1 en la escala de Richter, ninguna casa con más de 200 años de construida quedó en pie, los edificio modernos tampoco aguantaron el sacudón de dos minutos, mucho menos las réplicas posteriores al gran sismo. Almacenes, templos católicos, centros comerciales completos, urbanizaciones, restaurantes, el estadio de fútbol, bibliotecas, centros comunales, estaciones del metro terminaron en el piso.
Las personas iban de aquí para allá, desesperadas, buscando a sus seres queridos que a esa hora habían salido a trabajar, o simplemente sentados en los escombros de lo que antes fueron sus casas se les vio turbados, de igual modo, algunos procuraron rescatar algo de sus pertenencias. Ya las murmuraciones de la cuantía de los daños materiales se comenzaron hacer, nadie tuvo conciencia de cómo la naturaleza arrasó con la ciudad, la verdad solo se sostuvieron dos instalaciones: el edificio de la Fiscalía general de la nación y la empresa más grande e importante de la región dueña de mercados y supermercados ubicados en barrios populares o lugares estratégicos, el primero de estos edificios tenía grietas profundas y había que derribarlo, el segundo quedó completamente intacto.
Se vieron muertos por todos lados, se comenzaron apilar los despojos humanos como si fueran bultos de café unos encima de otros en lugares planos, la más grande morgue improvisada se encontraba ubicada donde antes fue el centro administrativo municipal, sin embargo, en barrios, hospitales estaciones de policía, placas deportivas y colegios se destinaron como centros de acopio de cadáveres, la ciudad era un gran cementerio y se temió que en pocos días se regase una epidemia causada por la falta de lugares santos donde enterrar a los que antes se les considero ciudadanos. En otras palabras, la ciudad como tal se convirtió en un gran cementerio.
Las autoridades iniciaron la búsqueda de sobrevivientes, mientras que en todas partes de la ciudad se hizo un censo con el fin de recopilar información de los nombres de personas desaparecidas.
En el barrio  Las Margaritas las cosas no eran diferentes.
-¿Está segura, doña Rubiela, qué su hija quedó atrapada bajos los escombros de la casa?
-Dígame, por favor, don Gilberto, los nombres de sus hijos y su esposa.
-¿Usted vio cuando a su esposa se la tragó la tierra  y luego le cayó el muro contenedor del patio encima?
Doña Sandra estaba en shock, pero el encuestador debía levantar el acta de los desaparecidos de la casa, por eso la entrevistó.
-¿Dice usted, doña Sandra, que sus tres hijos quedaron atrapados y qué luego del sismo usted pudo salir por una ranura que quedó entre lo que era la terraza de la casa y el muro de la sala?
-Sí, aunque de mis dos hijas una ya está muerta, mi otra hija y mi hijo sé que están atrapados bajo los escombros y qué están vivos.
-¿Cómo sabe qué su hija está muerta?
Doña Sandra hace una pausa, toma una bocanada grande de aire para tener fuerzas y contar lo sucedido.
-Vi cuando le cayó la terraza encima, vi la sangre que salía del lugar donde ella estaba, vi parte de su cuerpo aplastado. –Hizo un silencio, luego continuó- está muerta.
-¿Y sus otros dos hijos? –le preguntó el encuestador.
-No lo sé, solo sé que están vivos, mi sentido de madre me lo dice. También sé que uno de mis tres hijos está muerto, hoy, en la madrugada, murió.
-¿Me dice el nombre de sus tres hijos? Por favor.
-Andrea, David y Jessica, la muerta.
El encuestador no supo que hacer, solo le dijo.
-Lo siento mucho.
-¿Por qué lo siente? –Le respondió doña Sandra en un tono neutro, tendiendo más a estar apagado que vivaz-  todos tenemos una tragedia en este momento: usted, mis vecinos, los que vivían al frente, los de más allá. Yo tengo dos hijos vivos bajo los escombros y una que está muerta, eso lo sé y mi tragedia no va a cambiar la realidad, ni la suya, ni de las personas que están acá, mucho menos la mía.
Los dos se quedaron en silencio, luego el encuestador le indicó a doña Sandra se montase en la Van que la llevó al refugio provisional ubicado a las afueras de la ciudad.
En otra ciudad, Jessica y su novio miraron consternados los reportajes en directo que hacían por los canales nacionales desde su destruida ciudad, él, en ese momento, no podía creer que ya no existiera el lugar donde nació, sin embargo, estaba tranquilo, se había podido comunicar con su familia por vía celular, todos se encontraban bien, aunque la llamada falló después de tres minutos de estar hablando con su madre y llorar, ambos,  de felicidad y a la vez de tristeza por todo lo ocurrido.
Jessica, mientras tanto, lloró desconsolada, no sabía nada de su familia, no pudo comunicarse con ellos, ni teléfono, ni celulares de su casa servían, además las palabras que le dijo su madre al salir en la madrugada, cuatro horas antes del temblor, cuando se dio cuenta que escapaba con su novio como si fueran forajidos a vivir lejos, la martirizaron una y otra vez.

-¡Maldita seas por siempre! –Le gritó doña Sandra cuando ella cruzaba la puerta de la calle con sus maletas-. ¡Mala hija! Culpa de tus actos Dios te va a castigar, por eso, para mí, ya estás muerta.

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