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jueves, 28 de marzo de 2013

Robado al cielo.



La botella de vino está al lado de la cama, se ha derramado sobre la alfombra persa, el hombre duerme con la boca abierta. Después de tres días de embriaguez ha logrado conciliar el sueño; las lágrimas lo acompañaron durante ese trayecto cruel entre el insomnio y los primeros rayos del sol, el dolor lo ha arrojado a la realidad, la cual no resultó ser tan fantástica como solía soñarla en su habitación, allá en la antigua casa donde vivió por  seis años, eso ya es el pasado, ahora ya no importa ¿o sí? Es otro, el amor lo transformó de un hombre libre y entregado a su vocación a un costal de sentimientos que duelen en el pecho, en la piel y en los ojos, se hacen llanto y son incomprensibles.
De pronto suenan las campanas de la parroquia que llaman a la misa de los enfermos a las seis de la mañana, es jueves santo. El hombre se levanta de improvisto, asustado, viejos costumbres que no ha podido superar, se siente acosado, cree llegar tarde a los oficios, coge una camisa blanca, se pone el jean, las zapatillas y por todos lados busca, desesperadamente, su clériman, lo encuentra entre los libros de Hans Küng, Paul Ricoeur, Baptist Metz. Se lo pone y en ese preciso instante recuerda a Erika, su amada, cae de rodillas, las campanas siguen sonando, se arrebata el clériman, lo lanza contra una de las paredes;  “quizá, el nuevo párroco, ya esté en la sacristía revestido, dispuesto a comenzar los oficios de la pascua”, piensa. El ex sacerdote llora desconsolado.