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jueves, 13 de marzo de 2014

Mala suerte.


Entró rápidamente al baño, sabía muy bien que en ese preciso instante (cinco y treinta de la mañana) debía estar esperando el bus que lo llevaría a la Universidad de Antioquia. Fue rápido, pueden imaginárselo mojándose, como gato, y saliendo del baño en el acto, casi sin secarse; examen final de Cálculo diferencial, había estudiado toda la noche y por eso se quedó más que dormido cuando sonó el reloj despertador y él lo apagó. “¡mierda!”  Gritó al no encontrar el otro zapato, en esas pasó el bus de Campo Valdés (Ruta 053) que debía estar cogiendo, “¡Vida hijueputa!” Fue su nuevo grito, entonces buscó sus Adidas Dragón que lo cansaban demasiado. Levantó su maleta y allí estaba el otro zapato, no se quejó, ya no valía la pena. Dejó todo tirado en la cama y en el suelo, no tuvo tiempo de arreglar el cuarto –al menos ya se había cepillado los dientes y acicalado a medias-, mientras bajaba las escalas pensaba que ya debía estar en la Universidad, “¡La madre que te pario Jorge, la madre que te pario!”.  Fue su tercer insulto pero esta vez lo profirió contra él. Salió a la calle.
Subió el bus más desvencijado de la ruta de Campo Valdés, miró el reloj, cinco minutos para que fueran las seis de la mañana, “ya el puto Vikingo debe estar abriendo la puerta del salón”, pensó. El puto Vikingo era el profesor.
A una cuadra de la universidad había una gran congestión vehicular, para ser más exacto, en la carrera Carabobo, “Ni porque estuviera cagado”, pensó y se mordió el labio inferior de la ira.
Jorge se bajó del bus y corrió hacia la Universidad, obvio, llegaría tarde, el Vikingo le rebajaría en el examen por no estar a la hora pactada, para colmo no entendía ni  un poco lo que había estudiado la noche anterior, entonces sería una hecatombe doble y volvió a maldecir su suerte.
Llegó al salón cuarenta minutos después y se dio cuenta que la puerta estaba cerrada, tocó, no obtuvo respuesta, “marica Vikingo”, le dio una patada a la puerta y se fue para la cafetería de las jardineras –en plazoleta Barrientos-, se compró un viajero y un cigarrillo y se sentó en una mesa; transcurrieron seis minutos cuando Lorena pasó por allí. No lo alcanzó a ver y siguió hacia el bloque nueve.
-¡Oye, Lorena! –gritó Jorge, ella se volteó y le devolvió el saludo con una sonrisa. Luego se dirigió donde él estaba.
-Hola Jorge ¿Cómo estás?
-Bien, ¿Por qué  no estás en el examen?
-No hubo.
-¿Y eso? –Se alegró Jorge- es un milagro que el Vikingo no hubiese venido, como es de cuadriculado y sicorrigido.
-Jum, no sabemos –le respondió Lorena despreocupada.
-Vaya suerte la mía –dijo Jorge sonriendo.

Lorena se sentó en la mesa, al frente de Jorge. Hablaron hasta las diez de la mañana. En la tarde se enteraron que el profesor había muerto, un bus de Campo Valdés (053), el de las cinco  y treinta de la mañana, bajaba caído en tiempo, no respetó el rojo del semáforo y cruzó la calle como alma que lleva el diablo, no logró ver el automóvil del profesor que transitaba allí en ese preciso instante y lo impacto en parte delantera donde va el conductor, arrastró el auto sin piedad y lo remató contra la parte trasera de otro bus que estaba parqueado en la bomba de gasolina. El bus de Campo Valdés rebotó y fue a dar tan fuerte contra el muro de aquel lugar que el conductor y nueve de doce pasajeros murieron en el acto. Y es que muchas veces el universo conspira a favor nuestro, parafraseando un poco a Cerati.