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lunes, 15 de junio de 2015

Un héroe.

Cuentan los ancianos maestros de la ley talmúdica, que hace más de tres mil años existió en las tierras bañadas por los ríos Tigris y Éufrates, un hombre poderoso, dicen que su fuerza superaba la del rey Gilgamesh y su amigo Enkidu juntos.
Era tan vigoroso que las bestias salvajes  temblaban y huían despavoridas cuando él estaba cerca de ellas; en las ciudades de Ur, Uruk y Eridu se le trataba con reverencia y respeto, al punto que era considerado una deidad.
Se decía, además, que su madre era la diosa Ishtar  y su padre un mortal nacido en los desiertos. Su fama llegaba hasta los confines de la región mesopotámica; la historia de más heroicidad que se cuenta sobre él es el enfrentamiento que tuvo con cuatro mil soldados Filisteos, los cuales derrotó en dos jornadas: en la primera mató a mil quinientos, armado solamente con su espada  que fue forjada en la Fragua,  ubicada en la casa que habitan los benevolentes dioses. En la segunda jornada asesinó a dos mil quinientos  hombres con su espada y la lanza usurpada al rey Filisteo, quien fue el primero en caer apenas el sol despuntó en el oriente.
Entró bañado en gloria a la ciudad de Uruk y, allí, se construyó un templo en su honor. Durante siete días hubo  festejos y orgías que ensalzaban su nombre.
Ya habían pasado tres años desde aquella hazaña y su fama crecía en buena fortuna para él entre los suyos. Entonces decidió ser conocido por todo el oriente medio, marchó pues hacía las tierras donde emana leche y miel. Atravesó el desierto por cuatro largas semanas y, sin ningún problema, llegó a las murallas de Jericó, junto a la Puerta de las ovejas caída la tarde del día veintiocho de su viaje. Allí  se topó con un beduino que nunca, en su vida, había escuchado hablar de aquel héroe sumerio.
Pasando por alto las costumbres de la región, el héroe de la Mesopotamia, y sin permiso del beduino, mató dos corderos de pieles negras pertenecientes a los rebaños del hijo de la media luna fértil y los comió sin asar. El beduino iracundo, increpó al héroe sumerio quien se  rio de aquel pequeño y frágil nómada, al ver su honor mancillado por ese desproporcionado gigante, desenfundó su puñal y lo acuchilló ciento cuarenta y cuatro veces, dejándolo muerto sin más ni más, en las arenas del desierto y al frente de las murallas de la ciudad, en la Puerta de las ovejas. Los habitantes de Jericó ni se enteraron  de la llegada del héroe sumerio a las murallas de la ciudad y mucho menos del enfrentamiento con el beduino.

Como dato curioso: la tumba del héroe jamás ha sido encontrada y el nombre de aquel beduino, que lo asesinó, nunca nadie, lo supo.