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martes, 6 de julio de 2010

Camila.


Para Camila Ballesteros.



I.

Camila no te escondas tras tu voz,
aparece en el mundo,
devélate, hazte verdad, hazte realidad,
no sigas atesorándote de mi mirada,
de las ganas de mis manos de tocar tus manos,
de los anhelos del sueño que se va impregnando
de yermos que dejas cuando tu imagen no aparece.

Camila, aparece de la nada –como la primera vez-
y abraza mi corazón anhelante de ti,
no te esfumes en tiempos virtuales de veinte minutos,
quédate aquí, conmigo, pues si marchas estarás dando la espalda
al sol que desde siempre ha deseado calentar tu cuerpo
entregándote lo que mereces.

Camila, no te vayas, solo promete en esta noche de soledades
que serás la luz en medio de tantas sombras,
que serás más que una ilusión, serás el todo, principio –y final-
perenne de lo que siempre mi cansado corazón
ha esperado mientras el mundo no se detiene.


II.


Quédate.
“mi estrategia es en cambio más profunda y más simple mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites”. Mario Benedetti.

Aunque no lo creas mujer quiero celarme para siempre
en tu recuerdo, así te me hagas lejana en el horizonte
donde las palabras juegan al escondrijo con la poca fuerza que rodea
mis ausencias de vos, precisamente ese momento es cuando busco volverme indispensable para que te falte, para que no puedas dar un paso si no has pensado en mi.

Dejo todo atrás por seguir la melodía de tu voz,
busco tanto la paz… la encuentro cuando estas al otro lado del teléfono –solo ese instante indiviso es sublime-, cuando te confabulas con el universo y se convierten en el paraíso prometido, momento sobrehumano, el alma se eleva y me voy perdiendo en el ritmo místico de tus palabras.

No te diluyas, conviértete en oráculo Délfico, en realidad eminente,
permíteme convertirme también en tu anhelo constante,
en tu razón prima de creer que se puede volver a amar
así el tiempo nos haya huido por tantos años y separado por tantas montañas mujer, que te escondes de mis ojos ávidos de tu luz.



III.


¿A quien habré de recurrir cuando tu voz me falta?
¿Quién podrá consolar mis ganas locas de conocerte tan inesperadamente
en cualquier esquina inesperada de esta, mi ciudad desesperada?
¿Quien sabrá pronunciar las palabras exactas en el momento exacto cuando vos aparezcas de la nada en una ciudad que nos corroe lentamente?
¿Quién podrá responder mis preguntas mientras te me vas convirtiendo
en una voz tan familiar, esperada en mis tardes de incertidumbre
como aquí y ahora que añoro verte trasformada en coros de ángeles?