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martes, 24 de marzo de 2026

Ser colombiano no es un acto de fe

Un día me pasó lo inevitable, me morí. Entonces en un cubículo ubicado en el edificio más prestigioso que pudiese existir, me enviaron al mundo de los suelos, allá donde los reptiles reptan y las aves no vuelan porque, obvio, es el reino de los suelos; asumirán ustedes entonces qué hacen las aves, no lo sé, no tengo la respuesta para todo. También es el reino donde los animales terrestres pues son animales terrestres, ¿Y los acuáticos? Nada, no vi ni uno, salvo dos o tres tortugas con Facebook dándoselas de mensajeros de lo que está bien o de lo que está mal, intermediarios entre el reino de allá y el reino de los hielos. Nada de lo que conocemos acá, allá puede estar al revés, todo es igual; deje usted, amigo lector, estar pensando lo impensado, no sea ilógico, hombre.

Cuando llegué había un letrero grande en la entrada que decía en alemán Willkommen im Reich der Böden, y más abajo la ya famosísima Arbeit macht frei. Al cruzar la reja que ejercía el papel de puerta fui recibido por el anfitrión que era un gordo de cara enjuta y de facciones bonachonas, que con una sonrisa me dio un caluroso saludo. Ahí pensé que todo lo que se me había infundado de dicho lugar resultó siendo una falacia; cuál diablo ni qué carajos, allá los únicos diablos son los humanos, los que realmente seguían vivos y trabajaban como guardia para que nadie se pudiera escapar. De resto éramos un sinfín de almas que lentamente llegaríamos a la condena eterna.

Dante se equivocó en algo y fue en que el infĕrus no tenía círculos, solo una estepa larga que en un principio la llamaron Estepa de Rus, luego terminaron llamándola Europa cuando se encontró dicha estepa con los relieves. Nadie sabía que también el reino era un continente que sirvió para fraguar conspiraciones, hacer guerras, robar territorios en otros lugares lejanos de allí, y cercanos también, y terminar siendo xenófobos con todo aquello que dañaron en esas tierras; se volvieron malos con los que no consideraran blancos como ellos.

El gordo de rostro enjuto y facciones bonachonas me indicó que debía hacer una fila que parecía no tener fin. Estaba llena de almas con sotanas, capelos cardenalicios; debajo de los capelos llevaban sus respectivos solideos para confirmar que estaban más cerca del reino de los suelos que del de los hielos. En la fila estaban JFK, me topé con Tomás de Torquemada, allí también de pie andaba Calígula (en español, Sandalias Pequeñas o Sandalitas), el cual llevaba ser juzgado por mucho tiempo, pensé mientras lo miraba con curiosidad.

—Aquí no existe el tiempo, mi querido amigo —me dijo el gordo de rostro enjuto y facciones bonachonas, mientras me ponía una mano en el hombro.

—Hombre San Pacho, entonces cómo sabemos cuánto debemos pasar haciendo fila.

—Eso es lo de menos, aquí eso no cuenta, el castigo comienza haciendo fila como para conseguir ser atendido en una EPS, o para entrar a un concierto de reggaetón o música agropecuaria, o para entrar a Zara cuando tienen promociones. Y le pido que no me llame San Pacho, no soy ese del que habla, mi nombre es…

En ese instante sonó una trompeta y una voz retumbó por el lugar.

—Siguiente, excelentísima señora Taumatawhakatangihangakoauauotamateaturipukakapikimaungahoronukupokaiwhenuakitanatahu, de Nueva Zelanda.

—Uy, ese nombresito —le dije al gordo.

—Ese nombre está mejor que llamarse Linton Arbey —me respondió.

Y como en esa vida me llamaba así, me sentí mal. Solo opté por decirle.

—Uy, pana, tampoco para tanto.

No sé cuánto tiempo pasó cuando la trompeta volvió a sonar y el vozarrón se escuchó: —Siguiente, excelentísima señora María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva, conocida como la Duquesa de Alba.

Esta vez no le dije nada al gordo para que no se metiera con mi autoestima.

—La autoestima es para débiles, para personas frágiles que no entendieron nada de la vida después de las dos guerras mundiales.

—Hablando de eso, ¿qué otros personajes han pasado por acá? —le pregunté.

—Muchos, la gran mayoría monjas, curas, obispos, papas, santos nombrados por la empresa cacorrica; también hay políticos, futbolistas, por acá pasó Gandhi, los reyes de Francia, los de España, los de Inglaterra y los zares, la lista es interminable.

—¿Y no pues que Isabel y Felipe eran reptilianos?

—Una cosa es estar momificado en vida y parecer un reptil desnutrido, y otra es ser un animal. Aunque en ambos casos, sí parecían unos reptiles tanto en lo que hacían como en lo que se comían.

Me reía para mis adentros y el gordo me soltó.

—Ahora ríes, más tarde vas a llorar.

—Ahhh, ¿vos por qué sos así, home? No me leás la mente.

—Acá no existe el tiempo, aún piensas como humano y no te has dado cuenta de tu condición de muerto. Tus sensaciones humanas no cuentan a la hora de la verdad, solo los actos.

Como no podía refutarle, seguí preguntando.

—¿Y Hitler? ¿Anda por acá?

—¿Adolf? Sé quién es Hitler, pero él no está por acá, todo era un plan de la oficina de arriba. La oficina del reino de los hielos es más poderosa que la oficina de Envigado o el grupo Bilderberg. Nosotros los llamamos los de arriba. Hay una imitación más bien malita dentro de la raza humana que se hacen llamar "la gente de bien". Hitler no está acá, digamos que fue una especie de ángel que se mandó a la tierra para ver y conocer los corazones de los humanos.

—¡Uy! ¿Cómo que Hitler no está acá, pá? ¿Entonces quién de esas gentes perversas no andan por estos lares? —Perversa tu abuela que por eso está condenada. Napoleón, Mussolini, Hiroito, Stalin, Goebbels; ellos tenían una misión que cumplieron y cuando llegaron, ocuparon un alto cargo allá en la oficina. Son el concejo del alcalde de este lugar, Friedrich Walter, pero de cariño le decimos Fico. Es un gran burgomaestre, no hace una buena gestión, es un mojón político, pero sabe venderse como el mejor humanista.

—¿Cómo que mi abuela está condenada acá? Si mi mamita fue una santa.

—Por lo mismo, los santos son los primeros que llegan acá, pero de santos nada. En cambio, esos tipos excepcionales como Buda, Gengis Kan, Julio César, Nerón, Leopoldo II, Atila, Vlad Tepés, Elizabeth Báthory, Enrique VIII o Iván el Terrible, ellos llegaron derechito al reino de los hielos a ocupar sus cargos de concejales.

—Vení, ¿quiénes son los jueces?

—Son cinco, el principal es Farrokh Bulsara (Freddie Mercury), el segundo es Sid Vicious, el tercero es GG Allin, el cuarto es el espíritu de Charly García y el quinto es Ozzy, quien acaba de llegar. Como ayudantes están Bukowski, Quiroga, Salinger, Orwell, Paz, Jack London y Eduardo Galeano.

—Esa es la pesada de la música y la literatura —le dije entusiasmado.

—No te creas, sus almas han mutado. Menos la de Galeano, con la que hemos experimentado cruzándola con la de Jodorowsky, y como resultado nos salió Paulo Coelho. Ten cuidado con ese ayudante.

Entonces pensé en ese músico nuyorican del Bronx.

—Jum, no me imagino cuando muera W.C., le irán a dar un cargo alto —dije por hacer el chascarrillo.

—¿Cómo se te ocurre que le vamos a dar un puesto a alguien cuyas iniciales son las de los baños de las mujeres? Esa alma es sucia y mala, cuando muera, irá a la hoguera eterna. —¿Los reyes católicos fueron a la hoguera eterna?

—¡Por supuesto! Piensa, ¿qué español no ha ido allá?

La voz volvió a tronar tras la trompeta.

—Siguiente, plebeyo Linton Arbey Salazar Blandón, más conocido como pelo de choza, o como la cárcel, por los barrotes que le dieron en su juventud y demás remoquetes aburridos como su vida.

Me di cuenta de que la fila no servía para nada. Pasé por el lado de Calígula, quien me miró con asco, y yo le mandé un beso. Subí unos escalones de mármol hasta un edificio imponente llamado Hallgrímskirkja. Dos guardias tipo Guardia Suiza me empujaron con picas hacia la puerta central. Al entrar, vi el tribunal. Allí estaba sentado el juez Ozzy. Su rostro no expresaba emoción. Miré a los asistentes y vi sentados a mis miedos, mis frustraciones, mis sueños truncados, mis exparejas, los perros que me daban miedo y a Álvaro Uribe Vélez. Me asusté mucho.

De pronto, una voz con acento uruguayo habló.

—Linton Arbey Salazar Blandón, se le acusa de no haber hecho nada en su triste existencia. Usted es un nadie. Nunca practicó cultura, sino folklore; nunca habló un idioma, solo dialecto. También se le acusa por tener un nombre tan feo. ¿Cómo se declara?

—Primero ingreso a la página web de la DIAN, busco la opción “Usuario Registrado"

—¡Imbécil! Le estoy preguntando cómo se declara de los cargos, inocente o culpable.

—Pues me declaro culpable de este amor.

—¡Tonto! —me gritaba el uruguayo.

— ¿Cómo se declara?

Me quité la camisa y empecé a volearla como en un estadio:

—¡Olé, olé, olé! ¡Cada día te quiero más! ¡Yoooo soy de Attaque, es un sentimiento!

—¡Mentecato!

—De todas maneras rosas para quien ya me olvidó... —seguí cantando.

—¡A la hoguera! ¡Qué le corten la cabeza! —gritaban mis demonios.

De pronto, un martillazo de Ozzy hizo callar a todos.

—He tomado una decisión. Condeno a Linton Arbey Salazar Blandón a volver a la vida. Lo condeno a lo que más hastío le tuvo: a ser colombiano. Maldito serás eternamente. Su condena será ser colombiano una y otra vez, por el resto de la eternidad.

Me puse a llorar.

Please, no, King of Darkness, home, gonorrhea, home.

Pero todo desapareció. Volví a nacer. Y ya me ven ustedes acá, cuarenta y ocho años después, contándoles esto en este bar de mala muerte, en esta ciudad que no me llena y en este país que me desilusiona. No hay peor crueldad que hacerlo a uno colombiano para toda la eternidad. Colombiano, pobre y uribista. Estoy viviendo en una finca sin agua, sin energía y rodeado de paracos.

Mejor brindemos. ¡Salud, hijueputa!


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