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martes, 27 de diciembre de 2011

Oda del recuerdo.


A Harry Smith Patiño.
No hay un modo de ser, estoy perdido en mitos, en tanta palabrería, tanto suplicio, vos te hiciste lejana cuando marchaste a un territorio antiguo, viciado por la historia, pero cuando regresaste la distancia te amarró al mástil del adiós.
Yo me quede aquí, observando cómo te perdías en el horizonte.
Y así estuve por largo tiempo, mirando y esperando, mirando y esperando, mirando, solo mirando, y esperando, solo esperando. Sin embargo, el recuerdo acrecentó la soledad, yo era un mar a veces en calma, a veces en tormenta, pero al final, la recordación,  era quien me animaba a cerrar los ojos y soñar con vos siendo  un ángel quien contemplaba el amanecer, sentada en playas extranjeras.
Sin embargo, esperé la brisa que venía con las tardes y las olas besadoras de mis pies, pero vos  no estabas allí, te habías perdido por murallas que defendían ciudades antiguas, la lengua impuesta fue tu cobijo y yo me quede desprotegido, tiritando de frio, arrojado al mundo donde vos ya no habitabas y donde tu olor lo impregnaba todo.
Mas, el olvido permanecía a mi lado,  era mis ropas, mis palabras, mis abandonos. Lo que me rodeaba se convirtió en real, lejano, utópico, inseparable a la vez. Yo sorbí el elixir de los adioses y encaré en mi el disfraz de piel humana, de esa que te hace existir.
Fui abandonado en tierras conocidas pero extrañas para mí, eras la extranjera al otro lado del mundo, yo fui el desconocido para lo que alguna vez llegue a ser.
De la nada apareciste, plena, resplandeciente, ¡esplendida! Y alegraste las noches insondables, la insoportable verdad y me permitiste creer  que el dolor se había convertido en un festín cosmogónico, me impregné de tus sonrisas y me perdí en tus ojos que gritaban ¡Libertad!
Y creí que la vida era plena y que los vientos nunca más habrían de tocar mis sonrojadas mejillas, el sueño sería el último vestigio de mi fe.                             Pero el alma no es historiadora y se meció en sueños de un futuro incierto evitando el ayer, se sanó de las palabras no dichas y encontró en el no ser la posibilidad de habitar el nuevo mundo que la rodeaba; fui feliz, sentí ser casi eterno.
El aire fresco de tu presencia fue toxico marginal de mis consecuentes anhelos, concurriste como miedo encarnado, la soledad viva, olvidaste el ánimo irreductible de mi amor y con desprecio certero eliminaste los atisbos de esperanza que guardaba cada tarde cuando los  vientos acicalaban tus cabellos y yo te contemplaba como si estuviera vislumbrando un hecho numinoso de los dioses olímpicos. Descubrí la verdad en medio de tantas mudeces y huí por el occidente donde el sol se resguarda mientras espera de nuevo al día.
Entonces corrí con mis fuerzas mientras que los dolores hacían flaquear mis pies, de rodillas caí, el aire, el agua me faltaban y todo mi cuerpo se fue de bruces contra la arena del desierto, era el fin.
Un caballo alado me recogió  de ese calor infernal y en su lomo me llevó hasta los confines de la tierra, las ménades de los bosques me cuidaron y pude auscultar  que en sus ojos entendía lo que el poeta argentino alguna vez llegó a decir: “El olvido es la única venganza y el único perdón”.
Fue en ese instante que decidí regresar a las playa y, al tiempo que gritaba y sollozaba por la perdida de tu  ser, tu nombre que recorría mi sangre brotó de mis aglutinadas palabras, alcé mi mano y me despedí de vos para siempre, mientras daba la espalda y dejaba tras de mí ese mundo soñado y perdido, mientras los recuerdos se quedaban como mi despedida en las olas  llorando, mientras lo que significabas para mí  hacia en hoyo profundo en aquel distante litoral  y se enterraba esperando la llegada del final de los tiempos.